“¡Hola! Me llamo Amelia. Vivo en el Caribe y tengo siete años. Hace algún tiempo, mis padres, que son muy pobres, me enviaron a vivir con una familia rica de la ciudad.
Hoy, como de costumbre, me levanté a las cinco de la mañana. Fui a buscar agua a un pozo cercano, y me costó mucho mantener en equilibrio sobre la cabeza el jarro tan pesado, pero lo logré; si no, me hubieran golpeado muy fuerte. Luego preparé el desayuno y lo serví a la familia. Como me demoré un poco, el patrón me pegó con un cinturón de cuero.
Después llevé al niño de cinco años de la familia a la escuela. Entonces ayudé a preparar y servir el almuerzo para todos. Entre las comidas, tuve que hacer la compra en el mercado y otros recados, atender la cocina de carbón, barrer el patio, lavar la ropa y los platos, y limpiar la cocina. También le lavé los pies a la señora. Por alguna razón, hoy estaba muy enfadada, y me dio una bofetada en un arranque de cólera. ¡Ojala mañana se sienta mejor!
Me dieron de comer sobras, pero al menos sabían mejor que la harina de maíz de ayer. Mis ropas están harapientas y no tengo zapatos. Los patrones nunca me permiten lavarme con el agua que traigo para la familia. Anoche dormí fuera de la casa. A veces me dejan dormir dentro, en el suelo. Es una pena que no pude escribir esta carta yo misma. No me dejan ir a la escuela.
¡Que tenga un buen día! Amelia”.*
Aunque su verdadero nombre no es Amelia, su drama es real. Amelia es tan solo uno de los millones de niños y niñas que tienen que trabajar, con frecuencia en pésimas condiciones. El trabajo infantil es uno de los mayores problemas de nuestros tiempos, una cuestión compleja para la que no existen soluciones sencillas. De enormes proporciones, corrosivo para la sociedad y de efectos letales, es una atrocidad contra la infancia y una afrenta a la dignidad humana.
¿Hasta qué grado se ha extendido el trabajo infantil? ¿Dónde yacen las raíces del problema y qué modalidades presenta? ¿Llegará el día en que los niños, el sector más tierno y vulnerable de la familia humana, ya no lleven una vida de amargura y explotación?
[Nota]
* Su caso se relata en el Estado Mundial de la Infancia 1997. Publicación de UNICEF.
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viernes, 22 de agosto de 2008
Por una infancia asegurada
“Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre; la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.” (Declaración Universal de los Derechos Humanos.)
La próxima vez que le ponga azúcar al café, piense en Prevot, un haitiano a quien le pro
metieron un buen trabajo en otro país caribeño, pero, en cambio, lo vendieron por 8 dólares.
Prevot comparte la suerte de miles de esclavos compatriotas suyos: durante seis o siete meses se les obliga a cortar caña de azúcar por muy poco dinero o ninguno, mientras viven apiñados en deplorables condiciones sanitarias. Los despojan de sus pertenencias y a cambio reciben machetes. Para comer, tienen que trabajar, y si intentan escapar, pueden golpearlos.
Piense en el caso de Lin-Lin, una joven del sudeste asiático. Ella tenía 13 años cuando murió su madre. Una agencia de empleos le prometió un buen trabajo y la compró a su padre por 480 dólares, diciendo que era “un anticipo de su sueldo”, un método eficaz para mantenerla atada de por vida a sus nuevos propietarios. En lugar de darle un trabajo decente, la llevaron a un burdel. Allí, los clientes pagan al dueño 4 dólares por cada hora que pasan con ella. Lin-Lin es prácticamente una prisionera, pues no puede irse hasta que salde su deuda, que incluye el precio que el dueño del burdel pagó por ella, además de intereses y otros gastos. Si no accede a los deseos de su propietario, este puede golpearla o torturarla. Peor aún, puede asesinarla si trata de escapar. *
Luchemos por todos los medios posibles por defender los derechos de la niñez y erradicar de la faz de la tierra el abuso, la explotación, y el trabajo infantil.
* Estos ejemplos están tomados de la revista Despertad editada por los Testigos de Jehová
La próxima vez que le ponga azúcar al café, piense en Prevot, un haitiano a quien le pro
metieron un buen trabajo en otro país caribeño, pero, en cambio, lo vendieron por 8 dólares.
Prevot comparte la suerte de miles de esclavos compatriotas suyos: durante seis o siete meses se les obliga a cortar caña de azúcar por muy poco dinero o ninguno, mientras viven apiñados en deplorables condiciones sanitarias. Los despojan de sus pertenencias y a cambio reciben machetes. Para comer, tienen que trabajar, y si intentan escapar, pueden golpearlos.
Piense en el caso de Lin-Lin, una joven del sudeste asiático. Ella tenía 13 años cuando murió su madre. Una agencia de empleos le prometió un buen trabajo y la compró a su padre por 480 dólares, diciendo que era “un anticipo de su sueldo”, un método eficaz para mantenerla atada de por vida a sus nuevos propietarios. En lugar de darle un trabajo decente, la llevaron a un burdel. Allí, los clientes pagan al dueño 4 dólares por cada hora que pasan con ella. Lin-Lin es prácticamente una prisionera, pues no puede irse hasta que salde su deuda, que incluye el precio que el dueño del burdel pagó por ella, además de intereses y otros gastos. Si no accede a los deseos de su propietario, este puede golpearla o torturarla. Peor aún, puede asesinarla si trata de escapar. *
Luchemos por todos los medios posibles por defender los derechos de la niñez y erradicar de la faz de la tierra el abuso, la explotación, y el trabajo infantil.
* Estos ejemplos están tomados de la revista Despertad editada por los Testigos de Jehová
jueves, 21 de agosto de 2008
Los niños en muy alta estima

El antiguo Israel se distinguió de los demás pueblos a su alrededor por regirse por altas normas morales y eso se evidenció en el trato que los padres les dispensaban a sus hijos.
Algunas civilizaciones antiguas —como la azteca, la cananea, la inca y la fenicia— fueron notorias por su infame práctica de ofrecer a los niños en sacrificio. Excavaciones realizadas en la ciudad fenicia de Cartago (actualmente un barrio de Túnez, África del Norte) pusieron al descubierto que, entre los siglos V y III antes de Cristo, se inmolaron nada menos que 20.000 niños al dios Baal y a la diosa Tanit. Dicha cifra resulta aún más espantosa si se tiene en cuenta que, según datos documentales, cuando la ciudad estaba en todo su apogeo, la población ascendía solo a unos 250.000 habitantes
Pese a estar rodeada de vecinos que eran crueles con los niños, la nación de Israel descolló por su trato a los menores. El padre de esta nación, el patriarca Jacob, puso el modelo. Según el libro bíblico de Génesis, cuando se hallaba de camino a su tierra natal, Jacob reguló el paso de toda su escolta para no fatigar a los más pequeños. “Los niños son delicados”, dijo. Para entonces, sus hijos tendrían entre 5 y 14 años (Génesis 33:13, 14). Sus descendientes, los israelitas, demostraron el mismo respeto por las necesidades y la dignidad de los niños.
Ciertamente, los niños de tiempos bíblicos tenían mucho que hacer. Al crecer, los muchachos recibían de su padre instrucción práctica en la agricultura y la ganadería, o en un oficio, como la carpintería. Raquel, esposa de Jacob, fue pastora de joven). Las muchachas trabajaban en la recolección de la mies y en las viñas. Estas tareas solían efectuarlas bajo la dirección amorosa de sus padres, e iban combinadas con la educación.
Al mismo tiempo, los niños israelitas disfrutaban de descanso y entretenimiento. El profeta Zacarías habló de ‘plazas públicas de la ciudad llenas de niños y niñas que jugaban en ellas’ (Zacarías 8:5), y Jesús mencionó a niños que se sentaban en las plazas a tocar la flauta y a bailar (Mateo 11:16, 17). ¿Qué había detrás de este trato digno a los niños?
Mientras los israelitas obedecieron las leyes de Dios, nunca abusaron de sus hijos ni los explotaron (compárese Deuteronomio 18:10 con Jeremías 7:31). Veían a sus hijos como “una herencia de parte de Jehová”, “un galardón” (Salmo 127:3-5); los consideraban como “plantones de olivos todo en derredor de [su] mesa”, siendo el olivo un árbol de inmenso valor para aquella sociedad agrícola (Salmo 128:3-6— d). El historiador Alfred Edersheim apunta que además de las palabras para hijo e hija, el hebreo antiguo disponía de nueve términos para los niños, cada uno de los cuales expresaba una diferente etapa de la vida. “No cabe duda, concluye, que aquellos que observaban con tanta atención la vida de los niños como para designar con un término gráfico cada etapa progresiva de su existencia, tuvieron que sentir un gran cariño por sus hijos”.
Algunas civilizaciones antiguas —como la azteca, la cananea, la inca y la fenicia— fueron notorias por su infame práctica de ofrecer a los niños en sacrificio. Excavaciones realizadas en la ciudad fenicia de Cartago (actualmente un barrio de Túnez, África del Norte) pusieron al descubierto que, entre los siglos V y III antes de Cristo, se inmolaron nada menos que 20.000 niños al dios Baal y a la diosa Tanit. Dicha cifra resulta aún más espantosa si se tiene en cuenta que, según datos documentales, cuando la ciudad estaba en todo su apogeo, la población ascendía solo a unos 250.000 habitantes
Pese a estar rodeada de vecinos que eran crueles con los niños, la nación de Israel descolló por su trato a los menores. El padre de esta nación, el patriarca Jacob, puso el modelo. Según el libro bíblico de Génesis, cuando se hallaba de camino a su tierra natal, Jacob reguló el paso de toda su escolta para no fatigar a los más pequeños. “Los niños son delicados”, dijo. Para entonces, sus hijos tendrían entre 5 y 14 años (Génesis 33:13, 14). Sus descendientes, los israelitas, demostraron el mismo respeto por las necesidades y la dignidad de los niños.
Ciertamente, los niños de tiempos bíblicos tenían mucho que hacer. Al crecer, los muchachos recibían de su padre instrucción práctica en la agricultura y la ganadería, o en un oficio, como la carpintería. Raquel, esposa de Jacob, fue pastora de joven). Las muchachas trabajaban en la recolección de la mies y en las viñas. Estas tareas solían efectuarlas bajo la dirección amorosa de sus padres, e iban combinadas con la educación.
Al mismo tiempo, los niños israelitas disfrutaban de descanso y entretenimiento. El profeta Zacarías habló de ‘plazas públicas de la ciudad llenas de niños y niñas que jugaban en ellas’ (Zacarías 8:5), y Jesús mencionó a niños que se sentaban en las plazas a tocar la flauta y a bailar (Mateo 11:16, 17). ¿Qué había detrás de este trato digno a los niños?
Mientras los israelitas obedecieron las leyes de Dios, nunca abusaron de sus hijos ni los explotaron (compárese Deuteronomio 18:10 con Jeremías 7:31). Veían a sus hijos como “una herencia de parte de Jehová”, “un galardón” (Salmo 127:3-5); los consideraban como “plantones de olivos todo en derredor de [su] mesa”, siendo el olivo un árbol de inmenso valor para aquella sociedad agrícola (Salmo 128:3-6— d). El historiador Alfred Edersheim apunta que además de las palabras para hijo e hija, el hebreo antiguo disponía de nueve términos para los niños, cada uno de los cuales expresaba una diferente etapa de la vida. “No cabe duda, concluye, que aquellos que observaban con tanta atención la vida de los niños como para designar con un término gráfico cada etapa progresiva de su existencia, tuvieron que sentir un gran cariño por sus hijos”.
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